Hay viajes que empiezan mucho antes de llegar al lugar. El de Isla Pingüino comienza en la costa de la ría de Puerto Deseado, cuando la lancha se despega del muelle y deja atrás el reparo de la costa para meterse en el mar abierto. Ahí ya pasa algo.
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Las toninas aparecen casi enseguida, se acercan al costado y acompañan el trayecto, como si supieran exactamente hacia dónde vamos. Tuvimos suerte. Ese día, también hubo delfines australes que salieron al encuentro. Es imposible no sonreír. El viaje, en sí mismo, ya vale la pena.
El desembarco tiene su propia bienvenida. En la costa, una colonia de lobos marinos machos descansa sin demasiada preocupación por nuestra llegada. Nos miran, algunos levantan apenas la cabeza, se los escucha y siguen en lo suyo.
Cuando bajás de la lancha, enseguida se entiende que estás entrando en otro mundo. Hay aves por donde las mires: ostreros, gaviotas, escúas. Me anoto varias para marcar en mi álbum de figuritas. Enero es tiempo de polluelos y se nota.
La lancha queda anclada cerca y para nosotros empieza la caminata. El paisaje es abrumador desde el primer momento. Las escúas vuelan bajo, pasan muy cerca. La guía nos explica que este es su lugar y que cuidan de sus polluelos, y ese vuelo rasante es una muestra de que lo están defendiendo. Por las dudas, conviene levantar los brazos “para que no nos vean como una amenaza”, explica.
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A lo lejos se recorta el faro, ese punto fijo que, como testigo silencioso del paso del tiempo, ha quedado de referencia para los visitantes. Antes de llegar, la guía nos va contando la historia de la isla, de los que vinieron antes, primero a buscar grasa de lobos marinos y, mucho después, quienes se fueron quedando a cargo del faro. Las viejas estructuras que aparecen en el camino no están ahí de casualidad.
En un momento, sin darnos cuenta, le estamos cortando el paso a un pingüino de Magallanes. Hay que frenar, correrse, dejarlo pasar. Es enero, tiempo de cría y de muda, y algunos están cambiando las plumas. Caminan tranquilos, sin apuro, como si nosotros fuéramos el obstáculo extraño en su rutina diaria. Y lo somos.
El día acompaña. Está nublado, pero lindo, de esos que no cansan. Se escucha el mar romper cerca y la caminata se vuelve casi hipnótica. La guía bromea con que es una pena no ver pingüinos de penacho amarillo que es, en definitiva, lo que vinimos a buscar. Yo sé que están detrás del faro, el resto de los viajeros, no. Ese pequeño misterio suma expectativa y risas.
No pasa más de media hora hasta que llegamos. Y ahí aparece una de esas escenas que se te quedan grabadas.
Los acantilados al fondo y los pingüinos lanzándose al mar con una precisión increíble. Los ves a lo lejos, avanzando en fila india, uno detrás del otro, con ese saltito particular de los pingüinos de penacho amarillo.
Ellos están ahí como si nada. No parecen prestarnos demasiada atención, siempre que no les bloqueemos el camino. Cada tanto hay que levantarse, correrse un poco, dejar que pasen. Caminan entre nosotros. O, en realidad, somos nosotros los que caminamos entre ellos. Algunos se quedan quietos, miran, acomodan el penacho y parecen posar para las fotos, como si supieran exactamente qué vinimos a buscar.
Es increíble ver el tamaño de los albatros planeando tan cerca. La escena regala fotos increíbles… pero sobre todo; tiempo. Tiempo de sentarte y no pensar. Respirar, contemplar… agradecer.
Fueron unas cuatro horas, un poco más. Y en ese tiempo se armó algo lindo: una camaradería silenciosa entre quienes compartimos la experiencia. Miradas cómplices, comentarios bajitos, sonrisas que no necesitan explicación. No volvimos iguales. De verdad que no.
Hay lugares que no se visitan para sacar fotos. Se visitan para dejar que te pasen por el cuerpo. Isla Pingüino es uno de esos. Cuando la naturaleza te abraza así, las palabras sobran. Pero igual dan ganas de contarlo, aunque sea, para despertar las ganas de vivirlo.
Daniella Mancilla Provoste/Fotos: Joaquín Sportelli
Crédito_elrompehielos