Editorial
El intendente Marino, a quien ya le pesan los comentarios sobre su falta de ritmo y su escasa voluntad de trabajo, parece haber contagiado a buena parte de su gabinete con esa misma modorra.
Lo curioso es que Marino no puede echar mano a la vieja estrategia de la "pesada herencia". Él mismo, con una honestidad o complicidad que hoy le juega en contra, admitió recibir un municipio solvente. Es más, la aprobación de la rendición de cuentas de la gestión de Zara fue el sello final a una transición sin sobresaltos económicos. La plata está, el orden estaba. Lo que falta, claramente, es gestión.
Hoy la conducción política es inexistente. En el "off" —y ya casi en el "on"—, hasta los propios funcionarios admiten que la gestión es pésima. No hay rumbo, no hay órdenes claras y, lo que es peor, no hay quien tome decisiones importantes. Marino parece cómodo en un rol pasivo, mientras el distrito demanda respuestas que no llegan. Tal vez porque sabe que en menos de dos años está en su casa.
Este escenario ya empezó a generar movimientos sísmicos internos. Hay un grupo de funcionarios jóvenes que, viendo el barco escorado, ya empezó a diseñar el "operativo despegue". No quieren que el hundimiento de Marino sea el de ellos. Saben que si no se diferencian a tiempo, el 2027 les va a quedar a años luz de distancia.
La política no perdona la falta de gimnasia, y mucho menos la falta de ganas. Si Marino no se decide a gobernar de una vez, el costo no lo va a pagar solo él, sino todos sus funcionarios que, teniendo todo para avanzar, se quedó estancado en una siesta administrativa que parece no tener fin.