Es cierto que la disposición de residuos requiere de un compromiso civil, pero la "concientización" no puede ser la única respuesta ante un predio que, en los hechos, funciona como un basural a cielo abierto sin los controles mínimos de seguridad y operatividad. No se puede pedir conciencia al vecino cuando el propio Estado Municipal ha permitido que la escombrera se desborde con basura domiciliaria, generando incendios recurrentes que afectan la salud de los barrios aledaños.
Promesas vs. Realidad
Duarte menciona en su descargo ante Patagones a Diario la instalación de pilar de luz, cartelería y mejoras para el personal de la cooperativa COTRANVI. Cabe preguntarse: ¿Por qué estas medidas llegan recién después de que el humo cubriera la ciudad y el malestar vecinal se volviera insostenible? ¿Es realmente un problema de "concientización" o es una falta de inversión y planificación desde la Municipalidad?
Culpar a la conducta del vecino por la presencia de residuos domiciliarios en un lugar que debería estar estrictamente vigilado es, por lo menos, una simplificación cómoda. Si el predio es "de tránsito", el control en el acceso debe ser total. Si los camiones municipales y particulares descargan lo que no deben, la falla no es cultural, es de inspección y de autoridad.
Un foco de contaminación que no espera
Mientras se habla de "módulos de trabajo" y "pilares de luz" como grandes anuncios, la realidad es que la escombrera sigue siendo una bomba de tiempo ambiental. Los incendios no son accidentes aislados; son la consecuencia directa de una gestión de residuos que se percibe improvisada desde lo más alto del organigrama municipal.
La gestión ambiental no se hace con frases hechas sobre la falta de educación del otro. Se hace con recursos, con presencia efectiva en el territorio y con una política de GIRSU (Gestión Integral de Residuos Sólidos Urbanos) que sea algo más que un acrónimo en un expediente de secretaría.