Desde uno y otro lado, se nos empuja a elegir bandos, a simplificar lo complejo, a desconfiar del que piensa distinto. Y en ese movimiento constante, casi automático, se va desgastando algo mucho más profundo: la posibilidad de construir un destino común.
No es casual. No es ingenuo. Y tampoco es nuevo.
Desde los orígenes de nuestra nación, han existido intereses que encuentran en la división su mejor herramienta. Cuanto más fragmentados estamos, más débiles somos. Cuanto más enfrentados, más fácil es condicionarnos. Y en ese escenario, los extremos cumplen un rol funcional: ordenan, disciplinan, y muchas veces, sin saberlo, terminan siendo serviles a dinámicas que poco tienen que ver con el bienestar de nuestro pueblo.
Izquierda o derecha, poco importa cuando el resultado es el mismo: una sociedad cansada, una economía inestable, y una política que no logra acordar lo básico. Nos arrean, una y otra vez, hacia un lugar donde vivir bien parece una excepción y no una meta colectiva.
En los últimos años, todos los gobiernos, sin excepción, han operado bajo condicionamientos fuertes. Decisiones estratégicas que muchas veces no responden a un proyecto nacional, sino a presiones externas o a urgencias que otros definen. Créditos que atan, acuerdos que limitan, y márgenes de acción cada vez más estrechos. Todo esto en un entramado donde los poderes que influyen no solo actúan en la economía o la política, sino también en la justicia, en los discursos públicos y hasta en las creencias.
A eso se suma otro fenómeno igual de preocupante: la saturación informativa. Vivimos rodeados de datos, opiniones, consignas, titulares urgentes. Pero esa abundancia no siempre ilumina; muchas veces confunde. Nos adormece, nos aturde, nos impide distinguir lo importante de lo accesorio. En ese clima, florecen los fanatismos. Verdades absolutas, repetidas hasta el cansancio, que no solo son inexactas, sino que además profundizan el daño.
Y mientras tanto, la Argentina real queda en pausa.
Como en la metáfora del frasco de hormigas, alguien agita el recipiente y observa desde afuera, con distancia, disfruta mientras obtiene su beneficio. Adentro, nosotros chocamos, nos enfrentamos, nos desordenamos. Perdemos energía en disputas que no construyen, mientras se diluyen nuestras posibilidades de desarrollo, de integración, de crecimiento genuino.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿hasta cuándo?
La gran mayoría de los argentinos no quiere vivir en conflicto permanente. No quiere elegir siempre entre extremos. No quiere resignarse a un presente mediocre ni a un futuro incierto. Quiere algo mucho más simple y mucho más profundo: estabilidad, oportunidades, y un horizonte compartido.
Para eso, necesitamos salir de la lógica binaria. Recuperar la capacidad de diálogo. Entender que los acuerdos no son debilidad, sino madurez. Y comprender que construir alejados de los extremos es una tarea exigente y muchas veces incómoda: porque obliga a resistir la atracción de los extremos, que ofrecen certezas rápidas, aunque nos conduzcan siempre al mismo lugar.
No se trata de negar las diferencias. Se trata de que esas diferencias no nos impidan avanzar.
Porque si seguimos atrapados en esta dinámica, otros seguirán decidiendo por nosotros. Y la Argentina seguirá siendo un país con todo para crecer, pero siempre al borde de no lograrlo.
Romper ese ciclo no es fácil. Pero es, sin duda, necesario.
*Ricardo Martín Angos - Pte. Bloque Patagonia Bonaerense - HCD PATAGONES