Ni el respaldo público del presidente, Javier Milei, ni la entrevista que le dio a Alejandro Fantino en la noche del jueves ni la conferencia de prensa que encadenó en la mañana del viernes logran sepultar en el olvido el caso Adorni, que persiste en la agenda pública, avanza en la Justicia e incomoda diviendo aguas al interior del Gobierno. La fractura más notoria se dio en la reunión que el mandatario y el jefe de Gabinete mantuvieron al término de la semana pasada con el resto de los ministros.
Cuentan quienes estuvieron allí que se escucharon gritos y que hubo una frase que molestó mucho por su soberbia. Fue aquella que utilizó Adorni para repetir que “el Presidente ya tomó una decisión. Al que no le gusta, que se vaya”.
Es cierto que el propio Milei advirtió que no le importa pagar el costo de perder las elecciones de 2027 por sostener al ministro coordinador. Esa definición, que algunos leyeron como una señal de lealtad hacia su círculo íntimo, generó el efecto contrario.
“Una cosa es que lo diga Javier. Que lo diga el que nos empantanó en nuestro mejor momento da bronca”, resumió una voz de peso dentro del Gobierno.
El ultimátum de boca del funcionario al que la Justicia investiga por presunto enriquecimiento ilícito sorprendió casi tanto como las revelaciones de las últimas semanas, en las que trascendieron que desde su llegada al poder el exvocero acumuló propiedades con comodidades de lujo, viajes al exterior y una ingente cantidad de deudas en dólares.
Hay una sensación de pérdida de confianza entre los funcionarios. Son varios los que por lo bajo reclaman lo que Patricia Bullrich exigió en público y en privado: que presente cuanto antes su declaración jurada y dé una explicación convincente sobre su patrimonio o que renuncie.
Aún cuando Bullrich habría aceptado bajar la intensidad de su presión pública para evitar una ruptura frontal con los Milei, el malestar no cede.
Cerca de la senadora creen que la dimisión de Adorni sería la única salida real, pero por ahora prefiere frenar, convencida de que “un paso más puede hacer más daño que bien”. Sin embargo, en su círculo más íntimo la preocupación por el daño político sigue intacta, y la lectura sería que el problema de fondo (la parálisis que genera el escándalo) no se resuelve con silencio. Adorni, insiste, tiene mucho que explicar.
Lo que preocupa ya no es solo la situación judicial de Adorni sino la parálisis que genera: una agenda legislativa estancada, la imagen el Gobierno en caída y sin control del debate público, y un gabinete que siente que paga los costos de una causa que no es la suya. No es solo la credibilidad de Adorni la que está en juego, sino la del conjunto del equipo de gobierno.
Aislado
El jefe de Gabinete estaría cada vez más solo dentro del gabinete. Menos de la mitad de sus pares lo respaldarían, y quienes lo hacen serían en su mayoría parte del círculo cercano a Karina Milei.
En el entorno gubernamental la lectura dominante sería que si Adorni quisiera renunciar, los Milei lo aceptarían. Tal como sucedió en su momento con José Luis Espert.
El pedido del funcionario para que le den “un poco más de tiempo” para presentar su declaración, sin fijar una fecha precisa, no logró convencer a nadie. Y sus últimas apariciones públicas en las que se despachó con evasivas y excusas en lugar de aclarar, antes que calmar avivaron la interna en un gabinete que se siente como “atrofiado” con la permanencia de su integrante más cuestionado.