En 2010, mientras trabajaba en El perfume de la tempestad, el Indio Solari llegó a Epecuén buscando un escenario único para una sesión fotográfica junto al fotógrafo Edgardo Andrés Kevorkian. Lo encontró entre las ruinas, la sal y el silencio de nuestro lugar que lo impactó profundamente.
Quedó especialmente impresionado por la atmósfera del lugar y por un aroma difícil de describir: una mezcla de salitre, historia y naturaleza. Una sensación tan particular que muchos aún se preguntan si no habrá inspirado, de alguna manera, el nombre de aquel álbum.
Lo que sí sabemos es que, desde entonces, Epecuén quedó para siempre ligado a la obra de uno de los artistas más importantes de la música argentina. Y que, gracias a su mirada, la historia de nuestro pueblo viajó mucho más allá de sus fronteras.
Hoy despedimos al Indio con gratitud y respeto. Porque, de alguna manera, su historia también quedó escrita entre las ruinas, la sal y el viento de Epecuén.