Los argentinos pueden tolerar muchas cosas, pero hay un límite que suele resultar infranqueable: sentir que quienes gobiernan los toman por ingenuos o directamente por "boludos".
Ya ocurrió con la recordada fiesta en la Quinta de Olivos durante la pandemia. Mientras millones de ciudadanos cumplían estrictamente las restricciones impuestas por las autoridades, la fotografía de un festejo privado dejó al descubierto una realidad completamente distinta para quienes ejercían el poder.
La sociedad no olvidó aquel episodio porque simbolizó algo mucho más profundo que una simple reunión: representó el mensaje de "hagan lo que yo digo, no lo que yo hago".
Hoy, para muchos argentinos, vuelve a aparecer una sensación similar. Quienes llegaron al poder prometiendo terminar con los privilegios de la casta política y estableciendo una vara moral muy alta frente a sus adversarios, comienzan a generar decepción en una parte de la ciudadanía que los acompañó con expectativas de cambio.
Mientras el pueblo afrontó ajustes, pérdida de empleo, caída del consumo, cierre de comercios y dificultades económicas crecientes, muchos aceptaban ese sacrificio bajo la promesa de un Estado austero y de una dirigencia diferente.
Sin embargo, cuando el discurso empieza a chocar con la realidad, la confianza se resquebraja. Y cuando los ciudadanos perciben contradicciones, privilegios o explicaciones poco convincentes, aparece nuevamente el enojo.
La historia reciente demuestra que los argentinos pueden perdonar errores, pero difícilmente olviden cuando sienten que fueron engañados. Los costos políticos de esas conductas suelen reflejarse tarde o temprano en las urnas.
Las próximas elecciones serán una nueva oportunidad para medir el humor social y conocer si la ciudadanía considera que sus dirigentes estuvieron a la altura de las circunstancias o si, una vez más, sintió que la estaban tomando por "boluda".
Porque más allá de los nombres propios y de los espacios políticos, lo que genera mayor rechazo es la percepción de que quienes toman decisiones para millones de personas no cumplen las mismas reglas que exigen al resto de la sociedad.
Fin.