Hoy, con la imagen de la administración atravesando su nivel más bajo, habilitar la opinión pública en su Facebook oficial representa un riesgo que las autoridades no están dispuestas a asumir: saben perfectamente que abrir los comentarios en este contexto de piso histórico sería catastrófico.
La decisión de clausurar la interacción no es un detalle técnico ni una simple medida de moderación; es un acto de liberatad de censura política. Al deshabilitar el espacio de debate en las redes, las autoridades locales optaron por construir un monólogo digital donde solo existe la versión oficial de los hechos, intentando tapar el sol con el pulgar para que el descontento no quede expuesto a la vista de todos.
Esta desconexión con la gente se refleja con igual crudeza en las cuentas personales del propio intendente. Con un alcance marcadamente pobre que apenas araña los 2.500 seguidores, su perfil digital no funciona como un canal vivo de comunicación, sino como un mero eco sin sustancia. Su contenido se limita casi de forma exclusiva a replicar o compartir publicaciones de las páginas oficiales. El resultado de este armado es desolador: cuando se revisan los comentarios, la participación vecinal es nula. No hay mensajes de apoyo, no hay debate de ideas y la interacción en materia de "me gusta" o reacciones es prácticamente inexistente.
Esta estrategia busca ocultar el malestar social y evitar que la bronca acumulada por servicios deficientes, obras inconclusas y respuestas evasivas se multiplique en la pantalla. Pero gobernar a espaldas de la comunidad, aislarse en perfiles desiertos y cancelar la voz de los vecinos no elimina los problemas; únicamente demuestra debilidad política. Una gestión que le teme al reclamo de su propio pueblo y prefiere la apatía digital evidencia que ha perdido de manera definitiva el contacto con la realidad de la calle.
*Miguel Angel Diaz - Analista Político - Colaborador